EL TELÉFONO
Hace mucho tiempo que no suena el teléfono; demasiado.
La insistencia tímbrica del útil ingenio
ha salido de los límites de su memoria, vagando
por esa zona donde le resulta imposible captar ese sonido
tan deseado.
A veces llevado por unos impulsos angustiosos intenta
recordar cómo ha sonado la última vez, y
pese a los esfuerzos sólo consigue arrancar un
ring, ring infantil que le hace reírse de sí
mismo en una sonrisa hiriente y hasta cínica hacia
su persona.
Las noches las pasa semidespierto, en esa línea
que separa el sueño de la realidad, sobresaltándose
a cada pequeño ruido. Otras veces se despierta
sudando, enciende la luz y mira el reloj agitándose
al ver que las manecillas no pasan de las dos de la madrugada.
Ya no vuelve a conciliar el sueño hasta el amanecer,
temiendo toda la noche que suene el teléfono.
No, no le gusta que de noche le llamen. La noche sólo
puede traer malas noticias.
Las zapatillas al pie de la cama, -el suelo está
aún frío-, esperando por si tiene que levantarse
precipitadamente. El teléfono nunca espera. En
su rutina mecánica, suena y suena; pero si no se
da prisa llega tarde. Y empiezan las cavilaciones, ¿
quién será?, Y siempre queda la duda, el
mal humor, la angustia de la llamada deseada, y finalmente
la indiferencia marcada por esa melancolía interior
y por ese no llegar a tiempo. Ha llegado incluso a desconectarlo,
pero siempre se arrepiente.
Y llega la mañana. El Sol le sonríe con
su suavidad matutina y le inunda el dormitorio de alegría.
Abre los ojos, se sienta en la cama, mira en derredor
y vuelve a tumbarse. Su pensamiento vuelve a la noche
anterior. Sí, ha tenido una noche tranquila, el
maldito teléfono no ha sonado; pero todavía
quedan muchas horas por delante.
Pasa al cuarto de baño, se afeita. Si suena el
teléfono es mejor tener la puerta abierta, así
llega antes. No suena. Desayuna y se sienta en la salita,
en una cómoda butaca estampada y enfrente linealmente
del teléfono. Se pone de pie, levanta la persiana,
y de la penumbra que le rodea pasa a una claridad arrolladora.
Vuelve a sentarse, no sabe qué hacer, y enfrente
de él, sin poderle quitar la vista de encima...
¡Cómo no, el dichoso teléfono! En
medio la mesita redonda, y encima un jarrón con
flores de tela. Al fondo, junto al teléfono, unos
portarretratos y una serie de números de teléfono
en un cartón blanco.
Su mente se traslada por las líneas e intenta
imaginar qué ocurre al otro lado. Piensa llamar
a uno u otro número. Pero no, es mejor esperar.
Hace ya siete meses que no suena. Ya no puede faltar mucho;
son muchos días de espera, de excusas, de preguntar
si han llamado mientras está fuera; y siempre la
misma respuesta: ¡No!
¿ No? ¿ Por qué? ¿ Qué
pasa? ¿ Estará averiado? Y va por enésima
vez y comprueba su funcionamiento. Marca un número,
¿al azar?, de los que conserva en su memoria y
cuelga antes de que contesten. ¡Sí, si funciona!
Y se olvida de nuevo de él. ¡ Ya le llamarán!
Decididamente se va y...
Riiing, riiing, riiing...
- ¿ Diga, quién es?
- -Soy yo.
- ¿ Quién?
- -¿ No es casa de...?
- ¡ No!
- ¡ Perdone, me habré equivocado!
- ¿ Oiga?
- Pii, pii, pii ...
Coge el cable, da un fuerte tirón y arroja el teléfono
por la ventana; se estrella en los barrotes, y cae al
suelo, lo pisa,...
Al rato baja las escaleras corriendo de una forma suicida
y se dirige a una cabina telefónica...
¿ Compañía telefónica?, vengan
urgente, es una avería.